Hasta aquí

La noche estaba pegajosa, de esas que se te quedan en la piel aunque no quieras. La guagua llevaba varios minutos estacionada, pero ninguno de los dos parecía tener prisa por irse.
Yo estaba sentada junto a la ventana, mirando hacia afuera como si de verdad me importara lo que pasaba del otro lado.
No me importaba.
Solo necesitaba mirar hacia alguna parte que no fuera él.
No tenía que voltear para saber que me estaba mirando.
Siempre me mira.
Y yo siempre me doy cuenta.
Podía sentir su mirada sobre mí. En mi cara. En mi cuello. En la piel que había quedado al descubierto cuando me recogí el pelo. Traté de concentrarme en las luces de la calle, en las casas, en cualquier cosa que me ayudara a fingir que no sabía exactamente lo que estaba pasando dentro de aquella guagua.
Pero mi cuerpo ya lo sabía.
Lo supo cuando su rodilla rozó la mía.
Lo supo cuando dejó de parecer un accidente.
No me aparté.
Seguí mirando por la ventana, aunque ya no veía nada. Sentí cómo se acercaba. Despacio. Lo suficiente para darme tiempo de detenerlo.
No lo hice.
Su respiración llegó primero. Tibia, cerca de mi oído.
“Ven acá.”
Sonreí.
No pude evitarlo.
Pero tampoco me moví de inmediato. Quería hacerlo esperar un poco. Quería quedarme un segundo más en ese lugar donde todavía podía fingir que no entendía lo que me estaba pidiendo.
Los dos sabíamos que entendía.
Giré lentamente hacia él.
Estaba más cerca de lo que esperaba.
O quizá exactamente tan cerca como quería.
Su mano rozó mi brazo, primero con cuidado. Apenas los dedos sobre mi piel. Como si estuviera comprobando que yo seguía allí con él. Como si necesitara saber que aquello que llevaba sintiendo entre nosotros no se lo había inventado.
No se lo había inventado.
Yo tampoco.
Su mano subió hasta mi cuello y nuestras miradas se encontraron. Ninguno dijo nada. No hacía falta. Habíamos tenido aquella conversación demasiadas veces sin abrir la boca.
Él esperó.
Yo cerré la poca distancia que quedaba.
No sé cuál de los dos besó al otro primero.
Solo sé que, cuando pasó, ninguno pareció sorprendido.
Nuestras bocas se encontraron y todo lo que había intentado ignorar durante la noche dejó de pedirme permiso. Le respondí con las mismas ganas que llevaba rato escondiendo mientras miraba por aquella ventana.
Al principio nos besamos despacio.
Como si todavía tuviéramos tiempo.
Como si aquello pudiera quedarse pequeño si lo hacíamos con cuidado.
Pero su mano llegó hasta mi cintura y la mía encontró su nuca. Lo acerqué más. Su cuerpo se acomodó contra el mío con demasiada facilidad.
Eso fue lo que más me asustó.
No el beso.
No sus manos.
La facilidad.
La manera en que mi cuerpo lo reconocía. Como si ya supiera dónde poner las manos, cómo acercarlo, cómo responderle.
Como si aquello no fuera algo que estaba empezando, sino algo a lo que finalmente habíamos dejado de resistirnos.
Afuera, la noche siguió como si nada.
Dentro de la guagua, todo se volvió más pequeño.
Su boca.
Mi respiración.
El espacio entre los dos.
El mundo entero reducido a la forma en que me tocaba.
La humedad ya no venía solo de afuera.
Sus labios bajaron hasta mi cuello y cerré los ojos. Intenté contener la respiración, pero no pude. Se me escapó un sonido pequeño que él sintió antes de que yo pudiera esconderlo.
Su mano apretó mi cintura.
La mía se quedó en su nuca.
Por un momento dejé de pensar.
No en dónde estábamos.
No en lo que habíamos dicho antes.
No en todo lo que vendría después si seguíamos.
Solo en él.
En su boca sobre mi piel.
En la forma en que me sostenía.
En cuánto había querido aquello sin permitirme admitirlo.
Mis manos comenzaron a pedir más. Las suyas también.
Ya no había nada inocente en la manera en que nos tocábamos. No quedaba espacio para fingir que aquello había sucedido sin querer.
Había una línea entre nosotros.
Invisible, pero clara.
Los dos sabíamos dónde estaba.
La habíamos dibujado mucho antes de esa noche, quizá la primera vez que una mirada duró más de lo necesario. La primera vez que estuvimos demasiado cerca y ninguno se alejó.
Nos habíamos prometido no cruzarla.
También nos habíamos acercado a ella demasiadas veces.
Pero nunca así.
Nunca con su respiración quebrándose contra la mía.
Nunca con mi cuerpo pidiéndome que olvidara todas las razones por las que habíamos decidido detenernos allí.
Apoyé la frente contra la suya.
No para apartarlo.
Todavía no.
Solo necesitaba un segundo. Uno solo. El suficiente para recordar que fuera de aquella guagua seguía existiendo una vida que no iba a desaparecer porque nosotros cerráramos los ojos.
Él no me soltó.
Yo tampoco.
Nos quedamos ahí, respirando el mismo aire, con las bocas todavía demasiado cerca. Su pulgar rozó mi cintura y sentí cómo todo mi cuerpo reaccionaba a un gesto que, en cualquier otro momento, habría sido pequeño.
Allí nada era pequeño.
Podíamos seguir.
Los dos lo sabíamos.
Bastaba con que volviera a besarlo. Con que su mano bajara un poco más. Con que ninguno de los dos dijera basta.
Pero también sabíamos que después de ese punto ya no habría forma de fingir que aquello no significaba nada.
Ese era el verdadero peligro.
No que alguien pudiera vernos.
No lo que tendríamos que explicar.
Era descubrir cuánto significaba.
Era querer repetirlo.
Era salir de aquella guagua sabiendo que habíamos llegado demasiado lejos y que ahora tendríamos que decidir qué hacer con todo lo que venía después.
Así que paramos.
Como siempre.
No porque no quisiéramos.
No porque aquello no fuera real.
Paramos porque todavía podíamos vivir con el deseo. Lo que no sabíamos era si podríamos vivir con todo lo que vendría después de dejarnos llevar.
Él se alejó apenas.
Yo volví a mirar hacia la ventana mientras intentaba recuperar la respiración. Afuera, todo seguía igual. Las mismas luces. Las mismas casas. La misma noche pesada sobre nosotros.
Pero su mano seguía sobre la mía.
Ninguno pidió disculpas.
Ninguno prometió que no volvería a pasar.
Ya habíamos aprendido a no hacer promesas que no sabíamos cumplir.
Me quedé con el sabor de su boca y con las ganas todavía vivas debajo de la piel. Con la certeza de que habíamos podido ir más lejos.
Que ambos habíamos querido hacerlo.
Pero no lo hicimos.
No elegimos dejar de desearnos.
Elegimos cuánto podíamos permitirnos sin tener que descubrir quiénes seríamos después.
Eso era lo nuestro.
Todo ese deseo.
Toda esa cercanía.
Todo lo que nunca nos atrevimos a nombrar.
Pero solo hasta aquí.




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